Dicen de La Bombonera, la cancha de Boca Juniors, que sus gradas, casi verticales, son las más inclinadas del mundo del fútbol. Los ingenieros se las vieron y se las desearon para encajonar este estadio en el populoso barrio de La Boca en 1931, debiendo erigir incluso una pared en uno de los costados, que destinaron a tribuna de palcos. El día de la inauguración descubrieron que, sin proponérselo, habían levantado un fortín. El ruido de la hinchada quedaba aprisionado y envolvía el terreno de juego, intimidando a los desorientados jugadores visitantes. El que es considerado el mejor futbolista de todos los tiempos, Pelé, llegó a decir al final de su carrera, “jugué en todos los estadios del mundo, pero en el único que sentí la sacudida de un terremoto al saltar al césped fue en la Bombonera”.
A pesar de los rumores de mudanza del club a otro barrio de la capital, donde construir un estadio que pueda albergar al creciente número de socios, Boca Juniors resulta impensable sin su Bombonera y sin la cercanía de su ensordecedora e infatigable barra brava (así se conoce a los ultras en América Latina) de La 12. Si bien el nombre del jugador número 12 designa universalmente a las aficiones más fieles, ellos se han ganado el derecho de copyright a fuerza de no callar durante 90 minutos ni para reposar la garganta y de empujar a su equipo con más fuerza cuanto más adverso sea el marcador. Contagian su energía al resto del estadio y no les importa perderse los cinco primeros minutos del encuentro bajo una tela gigante, (tifo) con los colores de Boca. Así se vive el fútbol en Argentina, país que vuelve de Beijing sólo con 6 medallas, pero donde muchos se consideran triunfantes por obtener el laurel más apreciado, el oro en fútbol.
Blog desde Palestina
Hace 18 años
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